lunes, 30 de julio de 2018

La Perona


El otro libro que me traje de la biblioteca para mirarlo con calma –y ahora voy a devolver- es este “El barri de la Perona. Barcelona 1980-1990”, con fotografías de Esteve Lucerón (Ajuntament de Barcelona, Marge Books, 2017).
Me enteré de la existencia de La Perona de una manera un tanto rocambolesca. Era en 1977. Vinimos desde Lérida en un convoy militar, con camiones y piezas de artillería, para participar en el desfile anual de las fuerzas armadas, que ese año tocaba en Barcelona. Tanto la preparación de un desfile de esas características como un viaje en convoy militar están trufados de anécdotas que sólo valorarían los que hayan participado en una u otro. Pero ahora quiero hablar de que después de no sé cuántas horas de complicado viaje, el tren había llegado a destino y sólo faltaba la complicada, pero no tanto como la carga, descarga de las piezas y demás material de las plataformas.
Estábamos en la estación de mercancías de La Sagrera y, como la operación comportaba largas esperas, era inevitable contemplar los alrededores, vedados al otro lado de los edificios de la estación por un enorme muro que subía desde la fosa de la vía sus buenos quince metros. Pues bien: unos colgajos mugrientos colgaban y casi cubrían totalmente esa pared. En ellos había de todo. Pero salvo algún triciclo destrozado y algún pedazo de hierro retorcido, daban la impresión de chorretes rebosantes de un enorme vertedero. Lo que debía ser la culminación del muro estaba superado un metro más por planchas de diverso tipo y unos techados de uralita. Era el barrio de La Perona.
Cuando empezaron a entrar las prisas para dejar impoluta la ciudad con vistas a los Juegos Olímpicos, se fueron retirando los diferentes barrios de chabolas de la ciudad, reubicando a sus habitantes en polígonos de vivienda social. Muchos de La Perona, me confirmaron hace no mucho, fueron a parar no muy lejos, a La Mina.
Creía que no existían muchas fotografías de La Perona, por lo que las de este libro me han sorprendido un montón, tanto por su abundante número como por la cantidad de aspectos retratados de la vida que ahí se llevaba en los años 80. La gente del barrio se dejó retratar, abrieron al fotógrafo las planchas que hacían de puertas en sus casas, cantaron y bailaron para él…





 

domingo, 29 de julio de 2018

El correo en la ciudad

Uno de los ejes del itinerario sobre el correo en Barcelona que hace Antonio Aguilar para el MUHBA es el seguimiento de las diferentes sedes de Correos en la ciudad. Fruto de una dejadez muy propia, apenas quedan rastros de ellas. Sólo se puede visitar la actual (abajo de todo de Vía Laietana, aunque, como todas las sedes centrales españolas, han perdido buena parte de su funcionalidad), Aguilar localizó el Palau dels Ferran (que ostentaron hasta la llegada de los Borbones el correo real) y toma como punto de partida medieval, como sede del gremio, la capilla Marcús, en la calle Moncada.
La relación completa de sedes, si lo anoté bien, sería:
- De 1876 a 1890, en la casa Gibert, aquel edificio que sobrevivió bastante tiempo en el centro de la Plaza Cataluña.
- En la parte trasera de los Almacenes El Siglo.
- Por 1904, en la Plaza Buensuceso
- En el actual edificio del Teatro Borrás, en la plaza Urquinaona
- Durante la guerra civil, en el subterráneo donde luego estaría la Avenida de La Luz.
Previamente el correo se repartía por el sistema de postas, más tarde en diligencias y luego en trenes y autobuses correo, por no hablar de en avión o hasta un caso bastante curioso de correo submarino.


La sede de Correos en la planta baja del edificio actual entrada al Teatro Borras

La última casa de postas de Barcelona, en la calle de Sant Pere del Mig.

La fachada del Palau dels Ferran, en la calle Correu Vell.

El patio del Palau dels Ferran.

Foto del antiguo Hostal de la Bona Sort, delante del actual café. 

sábado, 28 de julio de 2018

Torre de Telecomunicaciones de la Central de Correos

Venga. Empecemos por lo más espectacular, que ya continuaré otro día por lo demás. Me había inscrito al itinerario de esta mañana que Antonio Aguilar, el funcionario de Correos y geógrafo que recientemente ha publicado un libro sobre la historia del correo postal en Barcelona organizaba para el Museo de Historia de la Ciudad. La visita, como suponía, vale la pena, y la recomiendo efusivamente para cuando, pasada la pausa de agosto, se reemprendan las actividades.
Pero lo que no sabía es que incorporaba en su parte final una subida a la torre de Telecomunicaciones de la Central de Correos. La escalera de la primera fotografía te lleva directamente a una atalaya desde la que se tiene una panorámica excepcional, de 360 grados. La guinda del pastel.







 

Huelga de taxis

Ahora mismo: La Gran Vía ocupada por los taxis.


 

Puntos de orientación perdidos

A veces los paseos por las ciudades se convierten en continuas transposiciones al pasado, para adecuar lo que ves al esquema que guardas en la cabeza. Tomemos, por ejemplo (aunque las fotos las tomé a final de mayo: sería de locos tanto abrigo ahora), este trozo de la Diagonal: "Aquí estaba el Cine Diagonal"; aquí la librería Cinc d'Oros;...



 

viernes, 27 de julio de 2018

Barcelona a mitad del XIX


Ahí estuvieron y así fueron. La primera vez que ves fotografías como éstas te produce una gran excitación. Poco a poco se te van haciendo familiares y entonces se produce otro fenómeno: Paseas por ahí y encajas la imagen en lo que estás viendo.
Ya casi acabando eso de colgar por aquí alguna de las magnificas fotografías que Charles hizo por la Barcelona de mitad del siglo XIX, un par de Barcelona. La primera muestra el “Palacio de la Reina, restaurado en 1846” y está fechada en la primera semana de octubre 1860. La segunda, muy divulgada por internet últimamente sin dar razón de su autoría, viene titulada “Muralla del Mar y Castillo de Montjuich” y un 1858 entre interrogantes la acompaña.


 

jueves, 12 de julio de 2018

El Farró

Entrando por San Hermenegildo te topas, en la calle Zaragoza, con ese notable ejemplo del destrozo del barrio. Se edificó sin consideración alguna para con sus vecinos. La normativa permitía en aquel entonces planta y tres pisos, ya excesivos, pero puedes contar en realidad, con el visto bueno del ayuntamiento de entonces, planta y hasta seis pisos, pues a los tres anteriores le puedes añadir el "entresuelo", que cambia un poco la fisonomía de los pisos, pero mantiene casi intacta su superficie, el ático con su terraza y el sobreático


Así, de buenas a primeras, te golpea en la cara y adoptas una postura decididamente pesimista: ¡vaya barbaridades que se han hecho! Luego, o en otros momentos, te dejas llevar por otra quizás inocente, pero algo optimista: ¡aún puede verse lo que fue el barrio y esa visión restará en el tiempo.
Ambas posturas fluctúan cuando recorres lo que se llama ahora El Farró, un barrio que comprendería, grosso modo, entre plaza Lesseps y plaza Molina, entre El Putxet y la Gala Placidia. Si cruzas la zona puedes reconocer las diferentes normativas, desde la deformada hasta la caricatura durante el franquismo, que permitió tres pisos en una zona de calles estrechas y pequeñas "torres" de planta y piso con su pequeño jardín, con la consiguiente tomadura de pelo especulativa de que no se consideraba piso ni el entresuelo ni el ático ni los retranqueados sobreáticos, pasando por el hachazo en canal que fue la apertura de General Mitre y los enormes edificios pantalla que la envolvieron, hasta la protección que llegó con la democracia, que prohíbe taxativamente alturas incompatibles con la estrechez de la calle.
No todo es de una claridad extrema. Por una parte hubo ya edificios que rompieron la relativa y envidiable, tan humana, homogeneidad del barrio en los años 40, pero eso sucedió incluso también de forma excepcional previamente a la guerra civil. Por otra, esa protección ha convertido a un barrio inicialmente modesto en otro donde sólo puede ir a vivir un vecindario acaudalado.

Un poco más arriba, la misma calle Zaragoza aún deja entender el tipo de construcción que constituía a principios del siglo XX el barrio. Al fondo, taponando el contacto fluido con el Putxet, se aprecian un poco las alturas de la barrera de General Mitre, la "Ronda del mig".

Una parte que también lleva al pasado en la plaza Sant Joaquim. A la derecha, en la calle Septimania, una mole típica de los años 70, con congestionados pisos de poca superficie, que ocupó el espacio de un gran garaje, por cuyos techos holgazaneaban al sol la gran mayoría de los gatos del barrio. El escritor Marcos Ordóñez, vecino de la zona, y que habla a menudo de ello, situaba entre esos gatos a los descendientes del legendario gato holandés de los grandes cojones.

Desde la plaza Sant Joaquim, la calle Vallirana, que a inicios de los 60 aún comunicaba con el verde y selecto Putxet. La primera y horrorosa medianera marca el lateral de un edificio invasor y destructor inaugurado en 1949. Detrás suyo el paredón se dobló en los 70, aún no inaugurada General Mitre, con Mitrecel, una de las promociones que hicieron la profunda zanja de cemento y ruido.
 

Pintada

Una pintada de esas "clandestinas" concertadas por el propietario del negocio con el grafitero/artista pintor.