La entrada (y por el otro lado salida) de la calle Mozart.
Diré que, yendo a contracorriente, no me gusta Gracia, y menos durante sus fiestas, en que el forrado de tantas calles y la afluencia de tanta gente acentúa el agobio y el bochorno, ya fuerte por tratarse de unas calles estrechas y regulares, por las que no suele correr el aire. El nieto de unos amigos le dijo esta semana a su padre, que le había llevado a ver los muñecos con los que engalanan sus calles que se fueran rápido de ahí, que olía mucho a meados…
Preciso: me gustaba el Gracia artesanal de por los años 60, donde encontrar aquella pieza o remedo para algo que se había hecho necesario reparar, en un mundo en que todo se reciclaba. Luego fueron desapareciendo paulatinamente sus talleres y en su llegar fueron apareciendo otros ocupantes, que obedecían en general al perfil de pequeñísimos inversores con la esperanza de poder montar con su afición un pequeño negocio que, inexorablemente, al poco tiempo se hundía, para dar paso a otra ilusión. Eso y una enorme afluencia de gente a tomar algo o estar en un barrio “tan auténtico”.
Lo bueno que tienen las calles adornadas para las fiestas de agosto es que son producto de la ilusión y trabajo de un grupo de vecinos que le echan horas y esfuerzo durante mucho tiempo, con exceso brutal los últimos tres días finales, porque nunca llegan sobrados.
Lo malo, que, visto el éxito de asistencia y hasta de miradas admiradas que tienen en un mes en el que Barcelona se queda sin propuestas para salir de casa, esos mismos se lo lleguen a creer y se vean como unos artistas de una enorme inventiva que da como resultado unas obras de gran acabado formal.
Esta mañana, a primera hora, esa en que gente de tercera edad recorre llamada por la curiosidad las calles adornadas, retratándose con el móvil hasta el infinito, hemos atravesado el barrio en dos direcciones, en pos de un recado, intentando pasar por unas cuantas de ellas.
La impresión general que he sacado de las diez o doce vistas es -lo siento- la de corroborar la que ya tenia del fenómeno. Sí que se ve esfuerzo vecinal detrás, pero también las limitaciones estéticas que los mortales solemos tener para ejercer de lo que no somos, esto es: de artistas.
Parece que gusta, en general, la aparatosidad, y muchas centran su éxito en ella. Eso produce un batiburrillo de colores y formas que al menos a mí, personalmente, me producen desasosiego y ganas de escapar de ahí. Por el contrario, creo que las propuestas que resultan mejor son aquellas, más modestas, en las que se busca la regularidad y la constancia de la misma cosa. Eso da, me parece, buenos resultados sobre todo en ciertos adornos siempre iguales, multiplicados, colgados de cables que sobrevuelan las calles.
Algún otro año que también había recorrido alguna de esas calles también acababa despotricando por su tendencia en cuanto a temas escogidos. ¿Es que no hay ningún tema de cultura propia, de la de aquí y ahora -o si la hay ha de ser de lo más “carrinclona”-? ¿Es que si se ofrece una idea no acomodaticia sobre él aquí y ahora, ha de ser expuesta con tan mala pata, demostrando el coraje con el que se hace y dejando tan mal sabor de boca?
Otros años se veían calles adornadas de motivos hechos populares por el cine… norteamericano, como el western. Este año, varias calles de la parte más baja del barrio se han aliado para atacar todas ellas otro tema que nos ofrece un reflejo certero de nuestro mundo local: todas sacan a los personajes de “El Señor de los Anillos”…
En la otra línea, y sorteando una calle que parecía olvidarse de otras ideas para únicamente recibir con exabruptos que avisaban de su marcado y combativo nacionalismo extremo, en la plaza de la campana destacaban revoloteando unas enormes moscas, muy bien elaboradas, … que iban en pos de unos grandes y enrollados cagarros. Se podría decir que querían recoger la culta tradición del caganer, pero la superaban con papel de water gigante y otros motivos escatológicos, del buen gusto que nos caracteriza.
Pongo unas cuantas fotos de lo que me ha resultado mejor.
Interior del tramo adornado de la calle Mozart.
Me ha gustado la ocurrencia de titular Floridència el portal de entrada al tramo adornado de la calle Providencia, si bien su interior, flores artificiales de todos los colores repele como la estética de un “Todo a cien” (o como se llamen ahora) chino.
Estas tramas uniformes de las que hablaba. En este caso,a base de peces cubriendo las cabezas de los visitantes, en esa interpretación del batiscafo de Antonia Font.
Las medusas de la calle Joan Blanques.
Estos árboles se convierten, después de dar el pego como tales, en árboles que caminan, en una de las escenografías para El señor de los anillos.
Columnas de algo también de El señor de los anillos.
También hemos paseado, claro, por la Travessía de Sant Antoni, en cuya decoración intervino una hija. Será amor de padre, pero es verdad que en esta ocasión le hemos apreciado eso de modestia, centrándose en cosas sencillas y regularidad de efectos. Cosa que no habían seguido años anteriores…
No habían sólo de decidir qué hacer, sino pensar en que pudiera se modular, extensible según la fuerza existente para crear las piezas, y cómo hacerlos. En este caso hemos visto que las hojas de la planta parten de medias que han recibido un tratamiento para darles una cierta solidez.
La persona del bar de al lado de la entrada al tramo decorado de la calle lo tenia claro, pero se ve que los que otorgan los premios no, porque les han dado el orden 17 de 23 en los premios.
Cosa que, viendo la colocación invertida del cartel en la casita/bar no ha debido sentar del todo bien a los currantes… 





















































