Digo que un amigo con el que bajábamos el sábado por las Ramblas hacía la Virreina pudo ser la primera víctima de la nueva ordenación de la avenida y no sé si es pertinente el término, porque de hecho, resultó con chaqueta, camisa y pantalones sucísimos, con una buena capa de polvo, pero ileso.
Por lo que he ido viendo, en el sentido de subida no hay acera como tal. Está al mismo nivel que la calzada, salvo en un pequeño tramo que corresponde a la parada del autobús. Pero en el sentido descendente, cuando menos a la altura de la Iglesia de Belén, sí hay un pequeño bordillo, más bajo de lo normal, que al ser acera y calzada del mismo color pasa desapercibido.
Como las obras están inacabadas por ahí pasea gente sin distinción por calzada y acera. Por esta última íbamos cuando vi que nuestro protagonista dio un mal paso, al poner el pie en un borde que no creía tal, avanzó un par más como agachado, pareciendo que iba a recuperar el equilibrio, pero no fue así y fue a parar al suelo, retorciéndose sobre sí mismo.
Enseguida no sólo los dos que le acompañábamos, sino un buen corro de transeúntes se puso a su lado, a evaluar unos daños que podían ser grandes, porque la edad no perdona, pero al poco pudo levantarse, polvoriento, pero sin esguince ni rotura alguna.
Ayer por la mañana volví a pasar por el lugar de los hechos, y vi que habían colocado unas cintas amarillas para hacer visible el “gap” -que dicen en el metro de Londres- entre acera y calzada.
O están al tanto de la caída o eso ya se había convertido en un punto negro, como los registrados en las carreteras peligrosas.








































