Ayer tuve que pasar por la Vía Laietana y la Plaza Catalunya. Especialmente en la primera, con un bochorno envolvente de lo más pegajoso, se veía gente para dar y vender, como nunca, en ambas direcciones: a lo mejor se apresuraban para poder ver, cada uno en su rincón, el partido del mundial.
En la acera mar de la Plaza Catalunya, también con vallas para proteger el material de las obras de las Ramblas, en donde estuvo la Maison Dorée, donde luego se instaló la Banca Arnús, después de la guerra el Banco Central y luego una serie de almacenes, algunos de propiedad del grupo de El Corte Inglés, hay ahora unos de la marca Primark.
No tengo el gusto de conocer a este Primark. Ayer entraba y salía gente de ellos, por las puertas vecinas a los escaparates que fotografié. Nadie parecía afectado por el estado en que se encontraba todo ese frente. Como se ve, incluso había quien se paraba y hasta se sentaba en miedo de la porquería.
Girando la esquina, bajando por las Ramblas en medio de esas obras que las presentan con su mejor cara, confirmé lo que por la mañana me habían explicado. El nuevo pavimento rosado de la calzada y paseo está ya lleno de manchas y chorretes negros, resultado de las guarrerías que se les caen (o que expulsan de sí) los que por ahí transitan.
El partido ya debía ha haber empezado o faltaba poco, porque la densidad peatonal había descendido mucho. En el fondo era una buena oportunidad para reconocer las bellezas y buen ambiente de este paseo de fama mundial.
Vamos bien. Y, a lo mejor, hasta cae el campeonato del mundo.



















































