A veces ciertas cosas te dejan perplejo.
No sé si alguien había intentado, hace unos meses, intentar un transbordo entre las líneas azul y amarilla en la estación de metro de Verdaguer. El empeño pasaba por momentos dantescos: te hacían escalar a la superficie, trasladarte entre el tráfico y, sorteando peatones despistados preguntando o siguiendo señales medio camufladas un par de manzanas, volver a bajar… Este ejercicio, sumado al mismo cierre de la estación, se prolongó cerca de un año.
Pues bien. Esta semana, sabiendo que la conexión ya se había restablecido, me dispuse a usar y, de paso, admirar la nueva instalación, saliendo de la línea azul para llegar a la amarilla. En un principio, arrugué la nariz: saliendo del andén, nada había cambiado, pues el mismo espacio angosto, retorcido y ciego, con curva y cruce con gente, era el que te llevaba a las escaleras mecánicas que te ascienden hasta el pasillo de conexión.
-Será ahí que notaré la diferencia- me dije.
Y, efectivamente, el pasillo de conexión había cambiado: suprimidas sus escaleras iniciales y finales, no era ahora una única -estrecha y larga, además de muy transitada- superficie horizontal, sino que estaba compuesto en sus extremos de las correspondientes rampas ascendentes y descendentes, mientras que su pavimento jaspeado había virado hacia un negro espejo.
Pero ese levantamiento de cota supone hacer más opresivo ese inmediato encofrado a la vista de su techo y, para más inri, uno de cada tres fluorescentes producen continuos espasmos, de forma que, si no fuera que se dieran con tan rítmica secuencia, dirías que están estropeados. El caso es que sus relampagueantes encendidos momentáneos se reflejan en el suelo, poniéndote la cabeza como un bombo, sin el anuncio preventivo que efectúan ciertas plataformas antes de que empieces a ver una de sus películas.
Al llegar a los dominios de la línea amarilla, además, no tienes ninguna escalera mecánica o ascensor que te descienda al andén (como pasa en el -todavía peor- ascenso en sentido contrario), porque parece ser que estos elementos aún no se han terminado y que se está trabajando en ellos en un área por el momento oculta a los ojos humanos.
Espero que lo que se está trabajando de forma discreta, sin posibilidad de espiarlo, afecte también a otro corredor de intercambio nuevo, porque si se trata sólo de lo que se ve, uno se pregunta para qué tantos meses de calvario.

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