Ahora quizás sería denostada, porque -no sé si con acierto o error- tengo asociado en la memoria su restaurante a la moda de la crema de leche, una invasión, tras la transición, de la cocina francesa, que casi acabó con los restaurantes de cocina, vamos a llamarla, tradicional, esos que hacían gala, sobre todo, de sus alimentos de base y que ahora, pasados los años, invadidos por otras varias generaciones de modas, sólo recibe que descalificaciones. Entonces lo encontraba de una gran sofisticación pero, por suerte y vez primera, asequible, gracias al dinero que obtenía por disponer de trabajo estable y no tener para entonces nula responsabilidad familiar.
También debió ser pasto de las bromas estilo chiste revista de modas, reunión de trabajo o conversación lanzada por el cuñado en la celebración de Navidad a esa cocina que presenta platos de cantidad reducida, que no acaba de saciar. Nunca he suscrito esas críticas. Sin llegar a los platitos de las degustaciones de restaurantes de estrellas Michelin, y desde luego sin llegar a sus precios, siempre he preferido variedad y sorpresa frente el típico plato para atiborrarse.
Y eso -novedad, variedad, sorpresa- lo tenia lo que se servía en las cenas del Montse Gullén de Mariano Cubí, con -también creo recordar, lo que quiere decir que me puede traicionar la memoria- su decoración ligera, su sala inicial, unos escalones, y otra más hacia el interior

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