sábado, 9 de junio de 2018

Casa de l'Eixample


Hay casas del Eixample barcelonés que tienen algo de tenebroso, una cierta falta de confort, que te inquieta y revuelve, dejándote algo incomodo. En esta portería, aunque un cambio de luz ha dulcificado el efecto, algo queda de eso, mucho más allá de esa enorme escalera que te recibe y debes ascender para llegar hasta el ascensor.
El ascensor, por cierto, es de esos dobles, en un mismo cuerpo. Arriba el de los señores, abajo el montacargas, el del servicio. Sin sutileza alguna está indicándose que, de pertenecer a la segunda categoría, debes ir a cogerlo al foso de detrás de la barandilla del fondo. Tus ropas, seguramente más pobres y sucias que las de los que utilizan a pleno derecho el ascensor, pueden codearse sin problema con el carbón que ha de subirse a las plantas para las correspondientes estufas y braseros. De ir todo en el mismo receptáculo, las blancas camisas de los señores y los encajes de sus damas podrían salir gravemente perjudicados.
Luego, bajando la escalera a pie, un algo de baño romano te pasa por la frente. A saber.



 

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Pintada

Una pintada de esas "clandestinas" concertadas por el propietario del negocio con el grafitero/artista pintor.