Lo abrieron en los años 80 en una manzana que tenía el estanco más antiguo de Barcelona, una flamante droguería con empleados de gris bata larga, una panadería de altísimo mostrador de mármol blanco desde donde daban picos de pan como "torna" (para ajustar el cambio), dos coloridos y rebosantes colmados de ultramarinos, una papelería cuyo verde escaparate de madera era un imán para los ojos infantiles...
Ahora, pasados ya casi treinta años de su fundación, ha pasado a ser, posiblemente, el local de más tradición de la zona, el que hace más barrio.
He entrado hasta el patio con total impunidad aprovechando que una de sus dos socias responsables es prima mía






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