Pero lo que realmente me entusiasmó yendo a ver “Fabra i Coats fa museu” fue Sant Andreu. Ya lo dice un amigo mío, que para vivir un poco Barcelona sin torcer la cara hay que coger el metro e ir a las estaciones más alejadas de cada línea.
No había ido nunca en metro hasta ahí, y salí en la Plaça Orfila, dirigiéndome hasta la Plaça Comerç, y por Gran de Sant Andreu hasta la Fabra i Coats. La gente ya había salido del trabajo, las calles y plazas comerciales estaban en ebullición. Todos iban tranquilamente de aquí para allá, o se sentaban a conversar en un banco. ¡Y sin ningún turista!
Se ha de reconocer que en tiempos relativamente recientes las asociaciones de vecinos –muy reivindicativas por el barrio- consiguieron grandes cosas de un ayuntamiento de Barcelona que se propuso –y logró- vestir, hacer habitables, los barrios periféricos. Y ahora se siente por ahí calidad de vida. De barrio, pero además con instalaciones (parques, zonas deportivas y culturales,…) que ya quisiéramos otros.
Carrer del mercat.
¡No estamos en Zaragoza! Lo que se ve al fondo, detrás del parque, es la parroquia de Sant Andreu del Palomar.
Can Fabra.










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