La calle Enric Granados, en Barcelona es quizás un buen ejemplo. Calle de las dimensiones estándar del Eixample, el Ayuntamiento la convirtió en “pacificada”, con sólo bicicletas (que de tanto en tanto dan o reciben más de un susto) y un solo carril para coches.
Es, desde luego, una calle agradable, como demuestra la tendencia a escogerla si se debe hacer un recorrido a pie. Pero yo diría que está justo en el límite, si no lo ha franqueado en alguna de sus manzanas. Empezaron a salir terrazas de restaurantes, y éstos rebosan en alguno de sus puntos, casi agobiando, como ya sucede también, por ejemplo, en la Rambla de Catalunya. Y la tendencia va, me temo, a más. ¿Es ineludible? ¿Se debe parar a golpe de prohibición? Si es así, vaya gaita…
Por cierto: Derribaron una casa de la calle, hicieron un gran agujero y ahora ya tenemos activo el nuevo edificio: Lo ocupa y se ha inaugurado en él un hotel de cuatro estrellas muy bonito, pero que cambia en el mismo sentido el uso de la calle.
En la foto, que hice el pasado lunes por la noche, el Alba Granados, un restaurante hijo del Alba original, en la calle París, y que ha sobrevivido al padre.

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