Las fachadas de la calle Tallers están rebosantes de pintadas, que en algún lado llegan hasta los primeros pisos. No sé si, como sucede con alguna de sus tiendas, que siguen vendiendo cazadoras de cuero con clavos y camiseta negras con calaveras, es para reivindicar su pasado así como punk. El caso es que está hecha un asco (y el corrector lo cambia por saco). Las pintadas han alcanzado hasta las dos antiguas y hermosas casas-fábrica del lado montaña reformadas y convertidas en apartamentos, que también ofrecen ahora un penoso aspecto.
Más arriba, en la plaza Castilla, están restaurando el edificio donde estalló la bomba para el Papus que se llevó la vida de su pobre conserje. Pero no hay nada que hacer: en una de las fachadas ya nuevas vuelven a campar esas pintadas que cubrían hasta las reventadas vidrieras del antiguo edificio. Unas pintadas que vienen a ser como meaditas de perro, firmas de autoafirmacion para crisis de identidad y constatación de posesión de territorio. Aunque, dado su tamaño, más parecen señoras meadas de elefante, eso sí: entremezcladas.
Así las cosas, una de las pocas cosas que les quedan a los comerciantes para evitar que sus persianas de cierre sean invadidas por la plaga es, pese a que está prohibido, pagar a un "artista" para que pinte a su gusto la persiana. Hay algún ejemplo de esto hasta resultón. Los grafiteros, aunque no siempre, suelen entonces respetarla. En calle Tallers las pintadas ya colonizan todo, más allá de las persianas, pero en este cacho también respetaron ésta de la destartalada perfumería de Enric Blasco. Lástima que pidiera al pintor una cosa tan cursi-patriotera.

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