Ayer, volviendo a cenar a casa, viendo la línea interminable de terrazas en que se ha convertido la Rambla de Catalunya. Alguna de ellas (no me salió bien la foto) tienen esos enormes calefactores que presentan sus antorchas de fuego a la vista. Para completar cierta impresión satánica, sólo debería añadirse un cierto olor de fritanga, que ya lo envuelve todo.
miércoles, 25 de marzo de 2015
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