Nunca he entrado a comer. Siempre que hemos llegado hasta ahí no he acabado siendo lo suficiente persuasivo como para convencer de que un día es un día, y una degustación puede ser tan satisfactoria como para compensar con creces el precio. De hecho, leo la lista de cosas teóricamente ofrecidas y hasta yo dudo si imponer la entrada no sería un abuso del que luego me arrepentiría.
Joan de Sagarra la recomendaba con una pasión que no acabo de ver reflejada en la lista de degustaciones de la puerta. ¿Alguien más pone su mano en el fuego por Ravell?

No hay comentarios:
Publicar un comentario