Es divertido ver cómo se va llenando el techo de esa edificación del Turó de la Rovira. La gente va llegando, salta la valla y deja atrás el cartel admonitorio que instaló el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona cuando se cayó un chico desde ahí (haciéndose realmente daño) para eludir cualquier responsabilidad legal, y se pone a hablar y contemplar el horizonte, que desde esa posición va bien servido.
Cuando anochece dicen que la confluencia de personal es mayor. Y cuando ya es de noche cerrada, esa plataforma se ve que está a rebosar, y las lucecitas de las estrellas que estampan la cúpula celeste deben competir con las suministradas por el alcohol y alguna que otra substancia que se meten en el cuerpo.

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