Ya lo expliqué por aquí. En una ocasión, dando yo de jovencillo vueltas por la ciudad, una mañana de fin de semana me puse a subir por un camino empinado hacia el Turó de la Rovira, aunque entonces a todo eso le decíamos el Carmelo. Hacia un día espléndido, y llegando a lo más alto, a un lado del camino empezaron a surgir barracas pintadas de blanco.
Como ya las había leído, me pareció estar dentro de una novela de Marsé. Recuerdo haberme admirado, sin pensar en penalidades asociadas, en los buenos sitios que solían escoger para instalar las barracas. Un tío que tenía un perro que por suerte estuvo tranquilo, me miró con mala cara, como diciendo que qué miraba, pero me dejó seguir el camino. Sé que de los idílicos pensamientos asociados a la claridad del día y la buena vista se impusieron a otros, pero ahí, cómo si de un sueño bruscamente interrumpido se tratasen, se me acaban los recuerdos y ya no sé qué más hice.
El otro día, allí arriba llevé a unos amigos a esta zona de la cumbre, en la que se ven los pavimentos de diferentes pavimentos, marcando muy bien las superficies que debieron tener las viviendas, sorprendentemente pequeñas.

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