El otro libro que me traje de la biblioteca para mirarlo con calma –y ahora voy a devolver- es este “El barri de la Perona. Barcelona 1980-1990”, con fotografías de Esteve Lucerón (Ajuntament de Barcelona, Marge Books, 2017).
Me enteré de la existencia de La Perona de una manera un tanto rocambolesca. Era en 1977. Vinimos desde Lérida en un convoy militar, con camiones y piezas de artillería, para participar en el desfile anual de las fuerzas armadas, que ese año tocaba en Barcelona. Tanto la preparación de un desfile de esas características como un viaje en convoy militar están trufados de anécdotas que sólo valorarían los que hayan participado en una u otro. Pero ahora quiero hablar de que después de no sé cuántas horas de complicado viaje, el tren había llegado a destino y sólo faltaba la complicada, pero no tanto como la carga, descarga de las piezas y demás material de las plataformas.
Estábamos en la estación de mercancías de La Sagrera y, como la operación comportaba largas esperas, era inevitable contemplar los alrededores, vedados al otro lado de los edificios de la estación por un enorme muro que subía desde la fosa de la vía sus buenos quince metros. Pues bien: unos colgajos mugrientos colgaban y casi cubrían totalmente esa pared. En ellos había de todo. Pero salvo algún triciclo destrozado y algún pedazo de hierro retorcido, daban la impresión de chorretes rebosantes de un enorme vertedero. Lo que debía ser la culminación del muro estaba superado un metro más por planchas de diverso tipo y unos techados de uralita. Era el barrio de La Perona.
Cuando empezaron a entrar las prisas para dejar impoluta la ciudad con vistas a los Juegos Olímpicos, se fueron retirando los diferentes barrios de chabolas de la ciudad, reubicando a sus habitantes en polígonos de vivienda social. Muchos de La Perona, me confirmaron hace no mucho, fueron a parar no muy lejos, a La Mina.
Creía que no existían muchas fotografías de La Perona, por lo que las de este libro me han sorprendido un montón, tanto por su abundante número como por la cantidad de aspectos retratados de la vida que ahí se llevaba en los años 80. La gente del barrio se dejó retratar, abrieron al fotógrafo las planchas que hacían de puertas en sus casas, cantaron y bailaron para él…



































