Pues debe ser que en Barcelona somos así y, por lo tanto, así actuamos, pero no me parece un comportamiento muy adecuado.
Eso que fotografié es la columna meteorológica del parque de la Ciudadela, instalada ahí antes de la Exposición Universal de 1888. Acercándote a alguna de sus caras puede verse, con dificultades, los restos, casi sólo las huellas, de los aparatos (higrómetro, termómetro,…) que soportaba.
Parece que la costumbre es dejar que se arruine lo que sea y, cuando está bien arruinado, entonces actuar. Por ahí cerca, pasado el Umbracle, que aunque cerrado está en buen estado, tenemos ahora las obras del Museo Martorell de Ciencias Naturales (cuyo cartel aseguraba que estaría restaurado a final de este mes) y del Hivenacle, que, con obras planificadas acabar en abril, se había dejado destruir a conciencia.
A la próxima, quizás saldría mucho más económico no dejarlo hundir hasta casi su desaparición, y mantenerlo siempre en buen estado.





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