martes, 23 de junio de 2020

La gent del carrer Montcada. Una història de Barcelona (segles XII a XVIII)

La calle Montcada, en una fotografía de los años 50 del siglo pasado.

Albert Garcia Espuche durante su intervención.

“En la calle Montcada de Barcelona conviven una serie de palacios medievales, renacentistas e incluso barrocos que nos abren sus portalones para adentrarnos en bellos patios de venerables piedras. Todos ellos son testigos de un pasado rico y glorioso de la que fue la calle principal y más noble de la Barcelona medieval.”
Este párrafo está sacado de la actual web Barcelonaturisme y, como tantas guías de la ciudad contiene una serie de tópicos y mentiras que ahora Albert Garcia Espuche ha deshecho definitivamente escribiendo su monumental “La gent del carrer Montcada. Una història de Barcelona (segles XII a XVIII)” (Ayuntamiento de Barcelona), que se presentó ayer en un acto que ofreció por Youtube la red de Bibliotecas.
Entresaco un par cosas que dijo García Espuche en su intervención:
Una primera y fundamental, que la calle Montcada había sido, si se quiere, una calle noble, pero no de nobles. De notables, acordemos, pero nada que ver con el tipo de nobleza de los de la corte de Madrid.
El aspecto de una calle compuesta únicamente por grandes palacios medievales, como aislada del resto de la ciudad, corresponde al siglo XX, cuando se trabajó a fondo para darles la apariencia actual, medievalizante, suprimiendo todo lo que no remitiera a esta idea. Pero en época medieval había sido una calle llena de vida, en la que se mezclaban viviendas de gente notable -siguiendo con ese lenguaje- con casas tienda y con un muy variado conjunto de comercios y habitantes.
Para poner un ejemplo acudió a la casa situada justo por encima de la calle de las Moscas, que dijo pertenecería a la familia de Bru de Sala. Ellos eran unos de los “notables” de la calle, pero convivían en la planta baja de su vivienda, porque se la alquilaban para tener unos ingresos extra, con el sitio donde se fabricaban los famosos Tabacos Barcelona y con la Taverna del Gall, un local muy popular y nada señorial.
Eran pues, muchos de los habitantes de la calle, gente con posibles (en el libro ha llegado a censar setenta casas de veraneo repartidas por Cataluña, muchas hoy en dia supervivientes, que les pertenecían), pero en completa mezcla con otro tipo de barceloneses, de los que ha podido en buena parte deducir sus origenes.
Una segunda cosa que me ha gustado mucho de su intervención es su consideración de que lo de la calle Montcada no eran palacios, sino casas. El nombre de palacio, ha precisado, estaba en Barcelona reservado para los ocupantes foráneos: el capitán general, el obispo,... Hasta la vivienda de Barcelona que más podría merecer ese nombre, la Casa Gralla, huía de un nombre, el de palacio, que se impuso con el tiempo hasta la ridícula situación actual, en que a cualquier cosa con un mínimo empaque se le llama palacio, cosa que entonces habría sido considerado algo completamente hortera.

El acto de presentación ya no fue únicamente virtual.

Los dos volúmenes del libro presentado, del que rápidamente se hablado por su elevado peso y número de páginas.

 

domingo, 21 de junio de 2020

Octubre


Ahí me restauré bien - 14
Éste no puede decirse que fuera, literalmente, un restaurante de debajo de la Diagonal, como me reclamaba Julio Lamaña, pero viendo la modestia de su tarjeta inicial (ese papel cuadriculado sellado, recortado con un abrecartas) se concederá que no era (no sé ahora, pues sigue existiendo) un sitio muy sofisticado.
Recuerdo, cuando lo abrieron por allá los años 70, la sorpresa de ver transformada la planta de una vieja y pequeña “torre” de Gracia en los diferentes espacios de un restaurante: no se estilaba por aquel entonces. Quería pasar, digamos, por “íntimo”. Incluso no podría negar que pusieran una vela encendida en cada mesa, para redondear el tono que querían ofrecer. Los manteles de cuadros, por otra parte, lo aferraban a ese ambiente modesto, de “casa de la abuela” que se buscaba también con otros detalles.
Recuerdo (porque hará unos treinta y cinco años que no he puesto los pies en él) que tenían una carta no muy larga, de platos familiares, seguramente recetas de esa abuela inspiradora: fricandó, pollo al champán con picada de almendras y arroz, cosas así.
Aún así, ya fuera en pareja en una de las pequeñas mesas cuadradas de la entrada, ya fuera en grupo en el antiguo comedor de la casa, por un precio muy asequible te daba la impresión de haber "ido al restaurante" y haber cenado.



 

viernes, 19 de junio de 2020

Confinamiento por la pandemia


Muchos hoteles de la última hornada, acostumbrados a invitar a entrar a su vestíbulo, mostraban estos días una muy frágil puerta de vidrio, que no dejaba claro su cierre. Pero hay otros, como éste que vimos ayer, abajo de todo de la calle de Muntaner, que han intentado que no entraran dudas al respecto.
 

Los jardines del baluarte de Santa Madrona

Tan intrigado estaba siempre mirando desde abajo su serie de árboles y pensando cómo sería la parte superior del baluarte de Santa Madrona p...