martes, 22 de octubre de 2019

Conectividad en la Estación de Sants


Uno de los aspectos que más se vigilan ahora al planificar la construcción o reforma de una estación de tren es su conectividad. Aunque no es que sea precisamente cómoda para pasajeros cargando con maletas, era lo que se buscaba al hacer una salida del metro directamente al vestíbulo de la estación de Sants.
Volví ayer de Reus en tren. La conexión interna con el metro estaba -lleva así desde las primeras protestas por la sentencia del juicio del procés- cerrada. Te hacen salir al exterior, donde un cartel te indica que si vas al metro, deberás acceder a él por la boca de metro de la calle Numancia, y te señala que sigas recto, es decir, que cruces la doble calzada y sigas bajo esa estructura central, esa pérgola que proyectaron Piñón y Viaplana en la Plaça dels Països Catalans.
Al menos -llovía- no me mojaré, me dije.
Pero ahí llegó otra desilusión: lo de esa pérgola es un techo engañoso, compuesto por un extraño material completamente agujereado, con lo que el resultado con lluvia es aún peor: te mojas más, al caerte gotas de lluvia directas y otras más consistentes, formadas por acumulación de agua formada por la lluvia anterior, como bajo un árbol con sus hojas empapadas cuando se desata viento. Salí de ahí para hacer el recorrido (como unas dos manzanas del Ensanche) fuera de la teórica y demostrada falsa protección de la pérgola.
El cartel indicador no se reproduce, por lo que supongo que está puesto sòlo para conocedores de la zona, dejando a sus seguidores en un mar de dudas, pero ya lejos de la estación. No soy por el momento extranjero en la ciudad, con lo que llegué al extremo del pavimento de esa plaza, que da la impresión de haber soportado una larga serie de penalidades, giré a la Izquierda y, cruzando otro par de calzadas, alcancé el ascensor que desciende al vestíbulo del metro. En éste, al abrirse el ascensor, me encuentré con bastante gente totalmente despistada, muchos con maletas, y un guardia jurado que, vigilante detrás de unas barreras de marcaje sospechosamente abiertas de par en par, le estaba diciendo a una mujer indecisa: “¡Tiene que marcar!”
La señora introdujo su tarjeta de metro por la ranura en una acción que habitualmente hace que se abran esas puertas de paso que estaban ya abiertas y pasó hacia la inmediata escalera mecánica de bajada. Viendo un vacío producto de la indecisión general, llegó mi turno, pero una vez franqueadas esas barreras que recibían abiertas de par en par no me contuve y le lancé una pregunta al segurata:
- Y si obligáis a marcar ¿por qué dejáis las barreras abiertas?
- Es que hay mucha acumulación de personal, señor.
Como era un subterráneo mi mirada al cielo fue totalmente inoperativa. Bueno: ya sólo me quedó para llegar hasta el anden bajar los dos tramos de escalera mecánica y recorrer desandando bajo la superficie casi todo lo andado en el exterior de la plaza por el agobiante e inacabable pasillo de correspondencia entre líneas de metros y hacer el cambio de sentido por debajo de las vías, bajando y subiendo otras escaleras.
Parece que, por el momento, de conectividad, muy mal.
La foto es de Carles Ribas, y la he sacado de una pàgina de El País.

 

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