Un ridículo malentendido (he acudido a un acto...que en realidad estaba programado para de aquí a dos meses) me ha dejado en el casco antiguo compuesto y sin novia. Me ha dado pereza volver a casa, porque había quedado para comer por ahí, y he debido reorganizarme ante una larga mañana por delante. Ha sido muy agradable.
Primero he ido a la terraza del museo Marés (primera foto) a re-planificar ese vacío, según como reconfortante. No me ha parecido caro el cortado (1,40 euros), cuando me temía, dado el lugar, lo peor. La oferta museística, limitada: Acabó la exposición que tenía ganas de ver en el Picasso, no me ha atraído demasiado lo del MEAM,... Por suerte, aunque solo por unos días, aún respira Renau en el Born y sigue lo de “Mes enllà de les trincheres” en el MHC. Ya tenía montado recorrido.
Con no demasiada gente, salvo grupos de turistas con guía informándoles de todo tipo de detalles históricos y alguno suelto, sin profesor, he ido de curiosidad en curiosidad.
La primera es que han abierto la puerta lateral del lado montaña de Santa Maria del Mar, mientras que han cerrado -parece- la de la fachada. Seguramente se tratará de intentar regular el flujo de turistas según intereses crematísticos (los del terrado, a pagar por aquí, los otros por ahí), será por lo que sea, pero el caso es que creo que no había visto nunca abierta esa puerta y la iglesia sigue ofreciendo una visión triunfal, emocionante, se penetre en ella por dónde se penetre. O bueno: también de ese lado (fotos 2, 3 y 4). Y, saliendo de nuevo a la calle, que Casa Gispert (foto 5 y última por el momento) sigue siendo, aún sin clientes, otro precioso templo, aunque sea de los frutos secos.
(Continuará)





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