Barcelona será pronto, si no lo es ya, una ciudad de huellas un tanto estrambóticas. A mí me gusta encontrar adosadas a ciertas casas del Eixample, por ejemplo, las placas que soportaban las catenarias de los tranvías. Es algo que te acerca a su reciente historia social.
Pero ahora parece estar produciéndose otro fenómeno algo diferente, producido por un cambio desde el "déjalo estar", que provocaba esos accidentales hallazgos, a un "le exijo que", que uniformiza y hace constar el continuo desastre. Con eso de que ciertas fachadas -que suelen ser de principios del siglo XX- están oficialmente protegidas y deben ser preservados ciertos de sus elementos, nos encontramos en muchos sitios con dos capas, que hablan de dos conceptos. Parece que te estén diciendo: ¡Compara!
En la plaza de la Cucurulla desaparecieron recientemente dos tiendas con solera: una filatelia y una pastelería. Una parte de la fachada de esos locales ha ido a parar, quedando como un pegote, a la puerta de lo que en su día también fue otra cosa, el Cercle Artístic Sant Lluc. En esta tienda de la esquina aún queda este pequeño rótulo.

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