sábado, 12 de agosto de 2017

La plaza interior a donde da el Instituto Confucio

Hace un par de años, cuando me adentré en el pasaje que hay en la calle Elisabets junto a La Central, atraído por su carácter rural, para ver a dónde me conducía, me echaron de ahí. Recibí además una buena bronca. Debieron pensar que era uno de esos típicos tíos que se colocan en la salida de los colegios para ofrecer caramelos trufados de droga a los niños.
Anteayer, en cambio, vi que un cartel de Parques y Jardines del ayuntamiento te invitaba a entrar, dentro de un determinado horario. Sin ningún niño filipino ni de ninguna procedencia, sin saber si han sacado o no el colegio de ahí, porque en agosto es natural que no se vean, el caso es que, con entrada también por la calle Montalegre, junto a la Facultad de Geografía e Historia, puedes ahora entrar a un desangelado rectángulo de tierra, con una serie de equidistantes alcorques que protegen a unos cuantos naranjos y con una fuente central.
Con en su extremo la iglesia vacía, en espera de destino, rodeada de instituciones curiosas (como el Instituto Confucio chino), ya tenemos acceso a un patio interior de manzana más.


Al fondo, bajo la iglesia, otra entrada.


No es que se trate de edificios de gran belleza, precisamente, teniendo el conjunto aspecto de antigua prisión, como muchos conventos.


Mirando desde un extremo hacia la fuente central.

La escalera que llevaba a la iglesia.

Un detalle de la escalera. De repente parece que hayamos ido a Galicia.

Las puertas restauradas corresponden al Instituto Confucio.
 

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