Ahora supongo que empezarán a salir profusamente en las guías, se llenará el espacio de gente, quitándole el halo de sorpresa consecuente que tiene su descubrimiento, y hasta empezarán entonces (si los arquitectos consiguen elaborar un protocolo organizativo y práctico para ello) a cobrar entrada para verlos. Vamos: que pasarán a ser otras de las piezas de la ciudad escaparate, obligada, sin misterio.
Son los frisos más interesantes de entre los que hizo Carl Nesjar a base de lanzar un chorro de arena a presión sobre el hormigón del Colegio de Arquitectos. No los tan polémicos exteriores, sino los de su interior, esos en los que Picasso dibujó una sardana y unas postales de lo que recordaba como Barcelona.


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