martes, 26 de diciembre de 2023

Calle Borrell


Hoy hemos tenido la peregrina idea -en un festivo como es aquí- de ir a pasear por el rompeolas y, para no bajar por las sobadas Rambla de Catalunya y Ramblas, hemos ido a hacerlo por la calle Borrell.
Borrell es una de esas calles pacificadas, para uso de los peatones, como Consell de Cent, Girona o Rocafort. El continente ya está bien hecho por parte del servicio técnico del Ayuntamiento, pero el paseo me ha ido amargando el estómago, hasta dejarme un rastro de disgusto en la cara.
Como las persianas de los locales están bajadas, se tiene la oportunidad no sólo de ver los inmundos grafitis añadidos con alevosía y autoría -son firmas…- a los garajes, que dan un aire canalla bien fuerte a todo, sino a cantidad de tiendas. Pero hay más…
Hubo una época en que la ciudad estaba repleta de tiendas con llamativos letreros, cada uno de su padre y de su madre, que daba una sensación de caos grande, aunque luego se vio que también otorgaba una cierta carta de simpática inocencia a esos negocios y a todo su barrio. El ayuntamiento intentó regularizar un poco la cosa, prohibió los letreros que sobresalían de las fachadas, cosas así. Con ello y una generación de arquitectos y diseñadores de primera se logró, es verdad que a costa de cierta uniformización, un cierto bienestar estético.
Ahora, sólo en la calle Borrell he visto abiertos al menos cinco supermercados de esos regentados por pakistaníes, todos tallados por un mismo patrón: ninguna sensación de limpieza, acumulación de neveras y estanterías baratas donde colocar el género y carteles hechos a mano o con muy poca gracia indicando los precios y, fuera, un pobretón, de muy mala calidad, cartel rojo anunciando la presencia de una superficie (que no proporciona ningún gusto estético) dedicada a la venta a la hora que sea. En una mesa junto a la entrada, un empleado de tez oscura dormitando, o con cara de pocos amigos.
Acabado Borrell, te topas con el Paralelo que, pese a diferentes intentos, no ha habido forma de que levante el vuelo. Las zonas “de ocio” que aún conserva son de una arquitectura moderna pobre y desgraciada. El “recuperado” (y en ruinas) Arnau no aleja en absoluto esa impresión de miseria que ofrece toda la arteria. La foto de tienda que he hecho es del mismo Paralelo, porque esa es una estética que desgraciadamente se ha esparcido por toda la ciudad.
Más abajo, han derruido la gran gasolinera que había bajando a mano derecha, debajo de unas “Tres chimeneas” en remodelación. El trozo de muralla medieval que siempre se ha podido ver por el tramo final, que junto a los “palos borrachos” plantados podría haber dignificado la zona, queda totalmente deslucido si echas un vistazo al foso y lo que unos impresentables paseantes le han arrojado (segunda foto).
El Moll de la fusta ha cambiado todo su pavimento de la original reforma, cubriendo sus pequeños adoquines con una capa asfáltica. Hay una especie de bancos de madera con el respaldo tumbado donde se pone algún anciano con el torso desnudo o vieja liberando la ropa de sus blancas piernas, ambos para aprovechar el sol primaveral del día. Un poco más allá, unos bancos o escalones de piedra frente a la misma orilla invitarían a sentarse a ver los veleros del Club Náutico si no fuera que regaliman grasa y fluidos humanos por todos lados.
Por la zona del Palau del Mar, congestionada, puedes pasear con estrecheces si no te aborda un camarero que quiere vayas a gastarte tu dinero en una de las mesas bajo su responsabilidad en vez de las del vecino, y por el muelle del Passeig Juan de Borbón, podrías ver el agua del puerto de no ser que vallas, construcciones exclusivas y enormes yates de esos vergonzantes, seguramente de ostentosos millonarios eslavos o árabes, cegaran el campo de visión, mientras que unos generadores que actúan para unas casetas de comida y bebida navideña monopolizan la banda sonora.
Al final un gran entoldado pintado de negro invita (es un decir) a visitar, previo paso por taquilla, “Harry Potter. La exposición”. Una larga cola de padres con sus hijos han decidido que quieren dedicar el inmediato periodo de sus vidas a una inmersión por los poderes mágicos de ese imaginario niño con gafas.
No he fotografiado la mayoría de estos desaguisados, para no hacer apología del mal gusto. Paro aquí, para no amargar más el día, que me esperan -en casa- los canelones.


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los jardines del baluarte de Santa Madrona

Tan intrigado estaba siempre mirando desde abajo su serie de árboles y pensando cómo sería la parte superior del baluarte de Santa Madrona p...