Acabado de jubilarme, en 2010 tuve la osadía de apuntarme a las primeras Jornadas de Historia de la Cartografía de Barcelona, descubriendo un nuevo campo, bien curioso, para el acercamiento al conocimiento de la ciudad.
Siempre coordinadas por Carme Muntaner (geógrafa) y Ramon Grau (historiador) alcanzan en la sesión que se ha iniciado hoy su quinto ciclo, después de tres años sin ellas, impedidas por la pandemia. En las cuatro previas las diferentes ponencias dieron paso a cuatro hermosos volúmenes que, en su conjunto, son un instrumento de lo más válido, que habla de la ciudad y sus incidencias a partir de sus diferentes (escalas, funciones, territorio representado) representaciones cartográficas.
Por el camino se han sucedido las crisis (la primera, la económica, se llevó por delante el magnífico desayuno, con croisancitos y una riquísima pastelería miniatura, que no sobrevivieron a las primeras jornadas), la penúltima trajo la pandemia, y ahora ya vamos entrando en la definitiva…
Han servido siempre para ver las exposiciones y disfrutar de las instalaciones de la Casa de l’Ardiaca, sede del Archivo Histórico de la Ciudad. Aquel desayuno después desaparecido en jornadas posteriores nos permitió gozar de la terraza que culmina y rodea el bellísimo patio de entrada, ese que ofrece el Corpus Christie l’ou con balla, ese huevo evolucionando en lo alto del chorrito de la fuente. Hemos podido ver en otras ocasiones cómo se despejaba y quedaba visible en un extremo de su vestíbulo la entrada del acueducto que traía el agua de Montcada a la ciudad. Y hoy, sin ir más lejos, he podido entrar y curiosear la Sala Dalmases, quizás la más espectacular del edificio.




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