Visión desde el portal, antes de abrirse la casa a las visitas. El jardín delantero ya limpiado de la en tiempos frondosos vegetación, como todo lo de la casa, dejada abandonada a su suerte.
Porque hacía mucho tiempo que quería ver la Casa Tosquella y porque ha sido la forma de estar el tiempo que no suelo tener con mi familia. Pero no vuelvo a hacer una cola como la que he hecho esta mañana.
Hace años que el 48h Open House ha muerto de éxito. Colas imposibles para visitas que no siempre las merecen. O establecen un sistema de reserva operativo, que permita acudir a ver el sitio escogido en un determinado horario prefijado con la seguridad de poder entrar a verlo o se acabó. Al menos para mí.
Sé la hora en que nos hemos puesto a hacer la cola. La puerta se abría a las 10h. A las 9,30h, al llegar, ya nos ha entrado una gran desesperación al ver que la cola bajaba toda la manzana de la calle Vallirana desde la entrada hasta General Mitre, ocupando la mitad de esa otra manzana. A los pocos minutos he ido a hacer las fotos que cuelgo, y ya cubría toda la manzana de la ronda y unos diez metros de Padua. Cuando, al salir de la visita (12h) hemos ido por la calle superior -Ballester- la cola, dando la vuelta, ya alcanzaba un buen trozo de Berna y toda la manzana de Padua, siguiendo la pista de tenis abandonada de la Casa Monegal. Para los que tengan curiosidad, al final cuelgo las fotos.
¿Valía la pena? Supongo que no hay nada que merezca una cola como esa, pero mentiría si dijera que no me ha gustado ver la casa en sus condiciones actuales, aún hecha unos zorros, sin los retoques que seguro va a sufrir cuando a partir del año que viene, con suerte, empiece su reforma para adaptarla a una función para el barrio aún indeterminada.
La casa de mis padres estaba en la calle Vallirana. Desde allí, los niños de entonces (años 60), subíamos, sin barreras, por la calle hasta Ballester, donde una torre con un enorme árbol de la mimosa (escenario de “Mi profesora particular”, de Jaime Camino) nos barraba el paso.
En el tramo final de la manzana más alta de calle Vallirana, a la izquierda, de pequeños mirábamos siempre preocupados, con miedo, a una oscura casa de formas raras, que, cuando encontrabas su valla entreabierta, apenas podías vislumbrar, porque una copiosa vegetación lo invadía todo. Pronto la llamamos la casa de la bruja, me temo que por el misterio que ofrecía, en combinación con la existencia en ella de alguien siempre recluido o quizás hasta con alguna enfermedad mental.
Cuando la brutal zanja de lo que ahora se llama la “Ronda del Mig” se hizo presente, la casa estuvo a punto de caer bajo la piqueta pero, milagrosamente, una valla de hormigón mal puesta dejó una punta del terreno de la casa (como la de un vecino, más hacia la plaza Lesseps, que ganó un juicio) haciendo quilla en la acera superior de la ronda, y la casa quedó detrás de enormes vallas publicitarias.
Desde entonces la cerrazón y el deterioro no hicieron sino crecer y crecer. Hoy nos han explicado que un constructor compró el sótano a la nieta de la dueña, con intenciones de hacer lo propio con todo lo del terreno, pero in extremis (parece que gracias a la divulgación de las rastreras presiones y movimientos detectados para lograr otra promoción inmobiliaria de las que entonces surgieron en forma de enormes edificios pantalla en General Mitre) se obtuvo la protección del edificio como patrimonio artístico que era y se paró la destrucción.
El constructor utilizó el sótano entonces para almacenar materiales, mientras en el piso se hicieron unas cuantas obras de adecuación para que pudiera seguir viviendo una señora de cierta edad (cuarto de baño, cocina… que antes estaban abajo). El abandono de ese sótano llevó a la okupación, mientras en el jardín (ya selva desatada) y en la “planta noble” la decadencia se iban haciendo cada vez más presentes. Tuvo que ser un asesinato en ese subterráneo el que impulsara finalmente al ayuntamiento a la compra de la casa, que creo han dicho fue en 2020. Ahora espera un nuevo destino, como servicio para el barrio.
Sobre el arquitecto de la casa: En 2002 Martí Rom y yo nos pasamos una buena parte del año hablando con la artista Eugènia Balcells. En el librito de la monografía que publicamos para el Cineclub de la Associació d’Enginyers no aparece apenas nada de todo ello, porque ella aplicó a última hora unas potentes tijeras censoras para no indisponerse con nadie, pero nos habló un montón de las obras de dos arquitectos: su padre (Banco Comercial Transatlántico, con Mitjans Banco Atlántico,…) y de su abuelo, arquitecto municipal de Cerdanyola del Vallés. Él fue quien hizo la casa Tosquella. Como, en ese mismo estilo modernista arrebatado, cantidad de casas de Cerdanyola, la mayoría -¡ay!- hoy derribadas.
La visita ha sido -supongo que por suerte con el voluntario que vertía explicaciones, que superaban bastante las de las fichas preparadas- más interesante de lo que me esperaba. El jardín está totalmente despoblado de plantas, con ya solo algún árbol desmochado. Supongo que decidieron que lo mejor era hacer tabula rasa de ese montón de vegetales enfermos.
Hemos visitado toda la “planta noble” del edificio, si bien hay que decir que se trataba ya de una nobleza no sólo venida a menos, sino entrada en lo más profundo de la decrepitud. Retirados los muebles, sólo con elementos no retirados en la que han llamado “biblioteca” (mugrientos cuadernos y libros de kiosco de Ágata Christie, la colección barata de Reno y otras juveniles), los papeles pintados, maceteros, hierros, etc. de la casa están rotos y, sobre todo, cubiertos por una suciedad de décadas. Nos han dicho que eso no es nada comparado con lo que se encontraron al entrar en la casa al hacerse cargo de ella, pero los bajos de los balcones -quizás expuestos al exterior, estaban llenos de papeles y latas de cervezas vacías…
En cada espacio, no obstante, se reconocen, bajo la porquería acumulada durante décadas, elementos de gran interés: tiestos cerámicos, puertas y rejas de formas modernistas, papeles pintados, esgrafiados, lámparas, relieves de techos, pavimentos y, sobre todo, vidrieras -que sufrieron una restauración de urgencia en profundidad hace unos años-.
Pongo sólo unas cuantas de las muchísimas fotos que he hecho, varias de elementos sueltos. Tengo muchas más. Sólo la colección completa daría idea del conjunto, pero sería excesivo y podría acarrear también alguna que otra depresión.
La galería delantera.
En la galería delantera.
Desde la galería. Alonso Carnicer rodando una de sus magníficas miniaturas sobre la ciudad para TV3.
Una de las vidrieras de la galería que daba al sur, restaurada. Nuestro guía ha comentado que, durante la restauración vieron que los cristales, en su interior, tenían polvo de oro para tamizar la luz de la mañana dando efectos fantasiosos.
Pintura hecha al fuego, en la misma galería, que ha mantenido sus colores.
De uno de los papeles pintados. Entiendo que serán -si lo consiguen- de las piezas de restauración más difícil.
Techo del comedor.
Balcón a la calle Ballester -lado montaña-.
Pinturas del techo de la galería que da al jardín
Así estaba la cola de calle Vallirana al llegar. La entrada de la casa Tosquella es al fondo, a la izquierda.
Y a los pocos minutos, la cola ocupaba ya también toda la manzana de General Mitre, siguiendo unos metros por Padua (a la derecha).
Gente contenta, porque ya les falta poco para entrar.
La verja con el portal de entrada de la casa. La casa de pisos de ladrillo sustituyó a la casa de las mimosas…
Fachada de la calle Ballester.
A las 12h, la cola subía hasta casi la mitad de calle Berna…
Ocupando toda la manzana de Padua -siguiendo la pista de tenis abandonada de la casa Monegal-, la manzana en diagonal de la Ronda del Mig y la manzana en ascensión de calle Vallirana.

















No hay comentarios:
Publicar un comentario