No quería echar yo más leña al fuego, pero diré que no creo que esta idea feliz -y debe reconocerse que seguramente reversible, segura y barata- sea la política más adecuada.
Alguien puede haber pensado esos artilugios de hormigón pintarrajeados de amarillo chillón como un supuesto símbolo de la lucha victoriosa del pueblo llano, de natural ecológico -representado por los ocupantes de las improvisadas terrazas-, en avanzadilla organizada, cual cuerpo acorazado de las legiones romanas, contra las fuerzas motorizadas de la contaminación y el ruido. En las actuaciones de estas imágenes, siguiendo esa idea, se habría limitado el poder omnímodo del automóvil, al ocuparlo por una pacífica y tranquila terraza.
Pero, aún dando por ciertas sus cualidades de operación provisional, que no arriesga la seguridad de los usuarios y no despilfarra dinero público, me parece que arrastra esta actuación una serie de pegas, entre las cuales:
-Convierte la calle urbana, en vez de en un agradable paseo, en un lugar de lucha y enfrentamiento entre dos concepciones.
-Devalúa, con su estética, todo el entorno.
-Hecha con mentalidad okupa, arramblando como ellos con elementos urbanos que encuentran que les puedes ser de utilidad sin gastar nada, se olvidan de que no a todo el mundo les gustaría vivir como okupas.
-Es una medida injusta, o por lo menos incompleta: Se quiere compensar con ella a los que, teniendo un establecimiento de hostelería, ven limitado su aforo, y por lo tanto sus ingresos, por las medidas contra el coronavirus, pero de la misma forma se debiera entonces compensar, para no discriminar, a los cines, teatros y demás actividades que sufren una limitación similar, a los que, por cierto, no se les ofrecen gentilmente locales complementarios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario