miércoles, 26 de agosto de 2020

Casa Tusquelles


De niños, sin ese telón de fondo de ladrillo, llamábamos a esta finca “la casa de la bruja”. No es que estuviera tan ruinosa como ahora, pero a nuestros ojos infantiles nos aparecía, detrás de la verja y de su entonces selvática vegetación, muy, muy vieja. Y la vejez, se diga lo que se diga, intranquiliza durante la infancia.
Subiendo la calle Vallirana, llegar a su altura significaba superar un cierto repechón. La calle se cerraba arriba, en Ballester, con una “torre” a la que llamábamos -por razones fáciles de entender- “la casa de las mimosas”. En ese punto tenías una doble opción, de enorme contraste: al fondo, las luminosas mimosas que, extendidas por un voluminoso frente (su árbol era enorme y el primero en anunciar al barrio la primavera), atraían desde lejos; al lado, el sombrío y enigmático caserón en su vallado recinto.
La casa de las mimosas, después de haber ofrecido un último acto de servicio haciendo de escenario para la película “Mi profesora particular” (Jaime Camino, 1973), fue derribada y sustituida por una anodina casa (como pasó con tantas del barrio), desde cuyo extremo hice ayer la primera fotografía que ahora cuelgo.
En la última fotografía una placa informa a quien tenga curiosidad que esa amalgama de extrañas formas, bastante maltrechas, corresponden a la Casa Tosquella, de 1907, bien de interés artístico, por lo que está protegida.
La hizo un arquitecto, Eduard María Balcells, que inundó de edificios modernistas el municipio de Cerdanyola del Vallés, la mayoría de ellos, lamentablemente, total o casi totalmente destruidos hoy en día.
Como vecino entonces de ese barrio, pues vivía sólo una manzana más abajo, pude seguir primero el brutal tajo que supuso la apertura de La Ronda de General Mitre, luego -y eso fue mucho peor- la barrera de cemento que surgió tras el derribo y construcción en sus márgenes, completando los elevados edificios pioneros que habían surgido muchos años antes de la ejecución del proyecto.
Recuerdo, aunque en nebulosa, las protestas para intentar la conservación de la casa (al igual que algún pleito surgido con otro edificio de más hacia plaza Lesseps) y, sobre todo, la incomprensión de muchísima gente ante esa estrafalaria idea de querer conservar una casa tan vieja, que estaba literalmente cayéndose, en vez de hacer en su espacio un moderno y alto, bien reluciente, edificio.
Como se ve, hay gente que no sale nunca de sus entendederas de niño y se diría que la falta de conservación de la casa, ofreciendo tan triste aspecto, esté hecha a posta para contentar a tanta gente de imperecedero espíritu infantil.




 

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