Seré -¿cómo no?- contradictorio. Por una serie de motivos que se dan de patadas entre sí, habitualmente la sala del Arxiu Fotogràfic de Barcelona resulta ser para mí una de las opciones más atractivas a la hora de escoger una exposición de la ciudad. Ahí va la relación con alguno de los motivos para esta aseveración.
-Está especializada en fotografía (preferencia personal)
-Trabaja siempre con material propio y hay que saber que el AFB posee un ingente depósito de fotografías sobre la ciudad, gran parte del mismo muy desconocido.
-Tiran normalmente para sus exposiciones nuevas copias de las fotografías, a buen tamaño, con una nitidez impresionante.
-Todas sus exposiciones son de acceso gratuito.
-Pese a lo anterior y a hallarse en una zona de la ciudad invadida por el turismo, mientras que si estuviéramos en un París o en una exposición de Caixaforum -pongamos por caso- sus exposiciones se tendrían que ver en horas extremas para evitar la marabunta, en general en la sala del segundo piso del convento de Sant Agustí suelen poder verse sin apenas nadie.
Mi contradicción está ahí: Me deprimo por la poca respuesta de los barceloneses a las propuestas del AFB, al tiempo que me congratulo de que sea así, porque eso permite verlas con suma tranquilidad.
Un ejemplo de lo que digo lo tenemos en la exposición actual, “La ciutat dels passatges”, un título equívoco que intenta aclararse con el subtítulo “Abans de la Via Laietana”. Son fotografías -una buena parte de ellas con ampliaciones que permiten disfrutar de todos sus detalles- de una nómina de fotógrafos (Adolf Mas, Joan F. Rovira, Carles Passos, Narcís Cuyàs, Josep Pons Escrigas, Miquel Matorrodona y unos cuantos anónimos) de los que sólo me suenan un par, que no es que retrataran pasajes de la ciudad, aunque sí hubiera alguno entre las zonas de la ciudad medieval derruida para la construcción de la Vía Laietana.
Sacadas, pues, a inicios del siglo XX, cuando esos pasajes, calles y plazas ya estaban condenados pero mantenían aún una increíble vida, esas fotografías permiten hacerse una idea muy precisa del tipo de paisaje y paisanaje que presidía esos espacios. En ellas vemos edificios con historia, complejas estructuras urbanas, elementos de las casas ya hoy no empleados (como esas tablas sobre balcones y puertas con un gozne que permitía abatir un poco su parte superior y que el otro día nos preguntábamos por aquí para que se utilizaban), gloriosas tiendas y talleres, letreros, anuncios, pavimentos y, sobre todo, una nutrida fauna animal y sobre todo humana: Mujeres en sus portales, cantidad de hombres y púberes con su bata o mandil de faena, niños no escolarizados y hasta algún transeúnte de postín, todos ellos posando para la eternidad. Algún niño y hasta algún adulto seguramente no siguió la advertencia del fotógrafo de que se mantuviera quieto y aparece movido o con la consistencia de un fantasma, mucho más evidente de lo que, queramos o no, todos son ya hoy para nosotros.
Está previsto que esta exposición dure hasta el 31 de octubre.
No es nada fácil orientarse sobre las localizaciones de cada fotografía, puesto que son todas ellas de sitios desaparecidos. Ésta corresponde -según su cartela- a la calle Argenteria. Por ella deducimos que la calle adquirió su carácter casi recto, hacia Santa Maria del Mar, por amputación de su cabecera. Los edificios de la derecha deben formar parte ahora del enorme edificio de Comisiones Obreras y la CNT...
Obsérvese el señor de la acera de la izquierda con un capacho en la cabeza o éste de los bigotes semiescondido en el umbral, detrás de esas tres señoras.
La señora que asoma desde el interior de su tienda parece de cartón. El niño del bordillo ha hecho caso al fotógrafo y se mantiene firmes, mientras que su compañero, más listo o conocedor del tiempo que lleva todo eso, se apoya en la fachada de la casa.





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