martes, 12 de febrero de 2019

Desde la Filmoteca


¿En Construcción?
 

Lázaro


Pues la semana pasada fue la primera vez, después de tanto oír y leer sobre él. Como estaba solo para comer, pasé por delante de Lázaro y plas, me decidí a entrar. Superado el pasillo inicial, sigo a la que lo gestiona y al llegar a la sala confieso que me golpeó un poco la fealdad de los cuadros que, de una especie de post-escuela de Olot, te chillan desde las paredes. Los de la discreta foto que hice no son de los más chillones.
Me coloca en una pequeña mesa de una esquina, dejo mis cosas, me siento y primer golpe directo a la cara. En la mesa que tengo enfrente, tres señoras (luego llegaría una cuarta) de las que conozco al menos a las dos que están sentadas mirándome directamente y de las que, como no tendré acompañante que me oculte, será imposible zafarme. Mis ojos chocan con una de ellas, que me reconoce, y ambos nos saludamos con una sonrisa y un gesto. Luego oiría sus voces y buena parte de su conversación, típica de amigas que quedan periódicamente para actualizar ficheros con un menú delante: habituales.
Me traen la carta pero, sin mirarla, pido que me traigan también el menú. Sufro, como siempre, con la elección de los platos y luego voy observando por si me he equivocado. Como el primero que escojo no es ligero, huyo del segundo más contundente, dejo el que más me apetecía porque me parece que es muy común y entonces el precio del menú me parecería excesivo, y pido el pescado -sobre el papel nada excepcional- del día.
El Lázaro aparece nombrado por mucha gente en sus escritos. Periodistas, profesionales diversos confesaban ir a comer ahí con frecuencia. La costumbre debe seguir. Llegan a la mesa de la esquina de mi derecha dos hombres, que esperan a un tercero. Son gente ya de una cierta edad (como titula Marcos Ordóñez para nombrar la suya, que será unos veinte años menor), y sus formas y una cierta melena algo coqueta me indica que son del ramo intelectual. La cara de uno me suena conocida, pero no lo identifico del todo. Al entrar, dirigiendo su mirada hacia la mesa de la cuarta esquina, pregunta por la ausencia de la que debía ser su ocupante habitual tiempo atrás. Las noticias sobre su salud no son muy halagüeñas.
Cuando ya está esa mesa a mitad servicio llega la tercera persona. És Jordi Borja. Para agasajarme, de postre pido un pastel de limón y me voy para casa. Nunca llegaré a ser habitual, pero he captado el tono familiar de la comida del menú y que alcanza a sus habituales.


 

El museo marítimo y el calvario de las Ramblas

El domingo, a la salida de los jardines del Baluart de Santa Madrona, nos pasamos por el vestíbulo del Museo Maritimo (que se ha convertido ...