Es una sensación rara, esa de ver cambiar la Barcelona que siempre has conocido. El carrer de la palla puede servir para explicarlo. No era una calle muy transitada. La gente sabía que era uno de los sitios a recorrer si quería ver anticuarios y librerías de viejo. Con el tiempo, salieron en él un par de galerías, que acabaron de definir su carácter.
Cercana por arriba a la calle de la Portaferrisa y por abajo a la de la Boqueria, mantuvo su carácter apacible mientras éstas dos evolucionaban, absorbiendo tiendas de gran rotación y gente. Cuando la ciudad empezó a recibir turistas de forma masiva, los caminos de éstos por esas dos calles estaban ya naturalmente trazados.
Yo diría que ha sido más recientemente cuando, forzada por la enormidad del fenómeno turístico, la cosa ha ido cambiando también para sitios tradicionalmente aislados, poco frecuentados. Cuando era joven apenas si había guías turísticas de la ciudad. Ahora el número de éstas ha aumentado tanto que deben perfilar sus consejos sobre Barcelona. A los cuatro sitios siempre mencionados se añaden desde hace un tiempo paisajes insólitos, “secretos”, locales especiales, sobre todo en libros que buscan el carácter “especial” que puede llegar a intuir el visitante. Perfecto. Pero eso mismo, irremediablemente, lleva a una fatídica masificación de los sitios “especiales”, que dejan entonces de serlo.
Viendo la fotografía, uno distingue aún en la calle de la palla una librería de viejo que debe estar esperando la rendición de su responsable, mientras a la izquierda permanecen poco alterados los muros del antiguo hospital de San Felipe Neri. La perspectiva se cierra con un local que ya se ha adaptado a nuevos usos, mientras que la satisfacción por la buena noticia de la restauración del antiquísimo edificio de la derecha, que amenazaba ruina, debe matizarse por la incógnita de saber qué nos deparará en el futuro.















