Granjas Vendrell, las del rótulo exterior tan hermoso. Había pasado varias veces por ahí, haciendo varias fotos exteriores (que, aunque por su posición no son fáciles de hacer, me salieron bastante mejor que la que cuelgo). Pero nunca, hasta el otro día, había entrado.
Íbamos sólo a tomar un café, esperando que la vecina Galería Esther Monturiol abriese sus puertas, pero el responsable -un señor que debe rondar mi edad- insistió en ofrecerme un croissant que -uno no es de piedra- acabé aceptando. Entonces el amigo con el que iba se animó también y pidió un bocadillo. Se le había acabado el pan, pero le preparó uno con pan de molde.
El interior estaba prácticamente vacío. Sólo había otro señor leyendo un periódico, que se fue enseguida, y una señora aún mayor, con muletas, que más tarde, al pasar por ahí cuando ya estaban cerrando, vi que acompañaba al responsable de la granja, aunque le avanzaba con su marcha renqueante mientras él cerraba la persiana, manojo de llaves en mano. Como me senté de espaldas a la ventana, quizás lo que me impresionó más fue la enorme y antigua nevera que cubría toda la pared del fondo, en la que se distinguían dos cacaolats, unos cuantos yogures, unos pocos potes no identificables y latas de refrescos, en medio de venga metros de estantes vacíos. Porque teníamos la cita de la galería, porque si no, esperando que estuviera hecho el bocadillo, la tarde se nos habría caído a plomo en un ambiente tan desangelado.
Empezamos a temer lo peor sobre el croissant (que resultó estar muy bueno) y el sándwich caliente de sobrasada (que se ve que también). A veces, las apariencias engañan, pues estaba todo a la altura, ahí bien arriba, de la magnífica fachada.


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