La calle Asturias era en los años 60 y 70 algo así como el conducto de escape de buena parte del tráfico rodado del barrio de Gracia. En consecuencia era una calle negra, llena de humos y ruido, y por la que sólo pasabas si ibas en coche.
No la cogíamos nunca, pues, cuando acompañaba a mi madre en alguna de sus expediciones por el barrio, en busca de extraños tesoros como una lágrima de la lámpara del comedor (aunque creo que eso lo reservaba para los Encantes) o un pequeño mosaico que colocaba, formando juego con otros tres, pegándolo sobre un artilugio cuadrado (debía ser horrible, ahora que lo pienso) que escondía entre mosaicos y su base cuatro cajas de cerillas de las corrientes, pero que apenas si se dejaban ver. Lo más interesante de esas excursiones era descubrir los pequeños talleres que había por todos lados. Entrábamos en sitios rarísimos y mientras dejaba que el poder explicativo de mi madre venciera toda resistencia del pobre hombre que atendía a sus extraños requerimientos, yo me preguntaba qué serían esos sitios tan sucios, llenos de cosas rarísimas, y cómo esa gente se dedicaba a actividades tan misteriosas.
El otro día, pasando por la calle Asturias, me acordé de todo eso. Ahora es una calle peatonal, con lo que tiene esa ventaja de destructora de la vida previa. Pero aún se pueden encontrar en ella huellas de lo que fue en su conjunto Gracia.
Al final de una tienda de puñetes varias (creo que básicamente de ropa) convenientemente decorada para la cosa navideña, una vidriera deja intuir otro mundo.
Pegado al cristal, a contraluz, el descubrimiento de un antiguo taller.
Más o menos enfrente, el bello letrero de una tienda aún no normalizada.
Y más al interior del barrio, una casa ("Torre", las llamamos por aquí) ya ocupada como tienda de regalos desde hace mucho, pero que deja intuir la estructura de ese tipo de casas, con el pequeño patio trasero.




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