En este edificio, más feo que un pecado, estuvo durante mucho tiempo, hasta que se construyó de nueva planta en la parte trasera durante los primeros años 60, la iglesia de Santa Joaquina de Vedruna. Más tarde, durante la carrera, tuve que hacer un trabajo con un compañero de estudios de Tarragona, que vivía en la residencia de estudiantes que ocupaba al menos una de sus plantas, y fui a trabajar con él. No había biblioteca o sala alguna donde situarse y estuve en su habitación. Era de lo más sórdido. Alargada, dejando un pequeño pasillo junto a una cama arrimada a la pared, tenía por todo mobiliario, además de la cama, un estoico armario, una endeble silla y una mesita de noche con una pequeña lámpara flexo. Todo el conjunto estaba iluminado -es un decir- por una bombilla de 20 watios allí arriba, en medio del techo, ofreciendo un ambiente de lo más tristón. Si hubiera sido yo el que hubiera tenido que vivir ahí, a estas horas no estaría escribiendo esto, porque habría entrado en una más que profunda depresión.
Ahora he visto esta placa señalando la reciente restauración del edificio, y espero que esas celdas carmelitas tan austeras sean cosa del pasado. Viendo la parte trasera, ese terrado y chimenea, la verdad es que sí parece haber habido una remodelación en profundidad.


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